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Nahia Idoiaga Mondragon e Idoia Legorburu Fernández
Salvar el planeta desde la escuela: ¿puede un videojuego enseñar sostenibilidad?
Investigadoras de la Facultad de Educación
- Cathedra
Fecha de primera publicación: 24/03/2025

Este artículo se encuentra publicado originalmente en The Conversation.
En una sala llena de emoción, un grupo de estudiantes toma decisiones rápidas en la pantalla: separar residuos, optimizar compostaje y colaborar en soluciones sostenibles para su comunidad virtual. Los comentarios fluyen: “¡Cuidado con el metano!”, exclama una estudiante, mientras su compañero intenta encontrar la mejor estrategia para reducir el impacto ambiental.
Estamos en un aula, pero esta no es solo una lección más. Es una experiencia interactiva que transforma el aprendizaje en acción concreta.
Este innovador enfoque forma parte del proyecto europeo COM: apoyo de un cambio de comportamiento hacia la comida y los desechos orgánicos en las escuelas, que busca abordar el problema global de los residuos orgánicos a través de la educación, promoviendo un cambio de comportamiento en las escuelas y fomentando la economía circular.
La iniciativa se basa en tres pilares clave: la creación de conciencia sobre el impacto ambiental de los residuos, la implementación de herramientas prácticas -como una plataforma gamificada- y la recopilación de datos cualitativos para entender las dinámicas actuales de la educación ambiental. En el corazón del proyecto está un videojuego educativo que desafía a los estudiantes a tomar decisiones sobre la gestión de residuos y la economía circular en escenarios virtuales diseñados para simular problemas del mundo real.
Conexión entre teoría y práctica
Como parte del proyecto, realizamos una investigación cualitativa en seis países participantes: Grecia, Eslovenia, Italia, Turquía, Rumanía y España (País Vasco). Durante esa investigación, se realizaron 136 entrevistas con profesionales de la educación, individuales y en grupos focales, y revelaron datos narrativos importantes sobre las prácticas actuales de la educación ambiental.
Por ejemplo, en Eslovenia los estudiantes diseñan campañas para reducir el desperdicio de alimentos en sus comunidades. Esas actividades no solo fomentan la conciencia ambiental, sino que también motivan a la juventud a reflexionar sobre el impacto de sus hábitos de consumo y a proponer soluciones que pueden ser implementadas tanto en sus hogares como en espacios comunitarios.
En el País Vasco se han puesto en marcha proyectos piloto de compostaje comunitario que involucran tanto a las escuelas como a las familias. De esa manera se refuerza la colaboración entre distintos actores -en ese caso, estudiantes y familias- para transformar la gestión de residuos en un esfuerzo colectivo.
En esa línea, el material del proyecto COM propone una actividad en la que el estudiantado diseña y desarrolla en sus hogares un plan de selección de residuos. Ese plan incluye desde decidir dónde colocar las papeleras hasta asignar responsabilidades dentro de la familia para realizar las recogidas y depositar los desechos en los contenedores adecuados. Esa experiencia práctica involucra al alumnado y genera un impacto positivo en sus familias introduciendo hábitos sostenibles en el hogar.
La gestión de residuos como puerta a los Objetivos de Desarrollo Sostenible
La gestión de residuos orgánicos no solo aborda retos urgentes, sino que también está alineada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), una propuesta internacional impulsada por Naciones Unidas para promover un futuro sostenible.
Por ejemplo, separar correctamente los desechos y evitar que terminen en vertederos ayuda a reducir la emisión de gases contaminantes como el metano. Es una acción directa que contribuye a combatir el cambio climático y cumplir con el ODS 13, enfocado en la acción por el clima.
En las aulas, ese tema cobra vida a través de experiencias prácticas, donde el alumnado no solo entienden la teoría, sino que también desarrolla habilidades clave como el pensamiento crítico y la resolución de problemas, esenciales para alcanzar el ODS 4, que aboga por una educación de calidad.
Además, al aprender a aprovechar al máximo los recursos disponibles, el alumnado adopta hábitos de consumo responsables, alineándose con el ODS 12, que promueve patrones de producción y consumo sostenibles. De esa forma, las acciones en el aula se conectan con objetivos globales, demostrando cómo la educación puede ser una fuerza transformadora en el camino hacia un futuro más justo y sostenible.
Un efecto multiplicador: de las aulas a la comunidad
Las escuelas, como espacios donde se forman valores y conocimientos, tienen el poder de influir mucho más allá de sus muros. Las lecciones aprendidas por el alumnado se transforman en acciones concretas en sus hogares y comunidades.
Por ejemplo, un grupo de estudiantes que aprendió a hacer compostaje escolar decidió replicarlo en sus casas, logrando reducir el volumen de desechos enviados a los vertederos.
La educación, combinada con herramientas innovadoras como la gamificación, se posiciona como una de las vías más efectivas para enfrentar los desafíos ambientales. Ese enfoque, que entrelaza teoría y práctica, contribuye a que las generaciones futuras estén preparadas para construir un mundo más sostenible. El cambio empieza en las aulas, pero su impacto puede ir mucho más allá.